domingo, 6 de septiembre de 2009

Diario de Dublín. Capítulo 1: Hóigh Éire.

Tercer día ya y creo que aún no me hago a la idea de que estoy fuera de España. De hecho, el verano me pasó tan rápido que apenas me di cuenta y ya era 1 de septiembre. Ese día me levanté con tiempo, hice el equipaje y esperé a que fuera la hora de ir para el aeropuerto, con toda la familia como manda la tradición. Por el camino, las dudas que tenemos todos: creo que me dejo algo, ¿y si no llego a tiempo?, ¿y si la maleta me pesa más de 20 kilos y no la puedo llevar?, ¿y si al llegar a Dublín no hay nadie esperándome?, etc. Nada de eso, el viaje fue perfecto y como era mi primer vuelo pues anduve mirando para todos los lados. ¡Debía parecer un niño pequeño mirando para todos los lados! Hay algo que no olvidaré, mi primera vista de Irlanda desde la ventanilla del avión: los característicos prados verdes de la isla. Al salir del avión, aire frío y alta sensación de humedad; ya estaba en Irlanda.

Estaba Jonh esperándome en la entrada con un cartel con mi nombre. Junto a él, Gervasio, un hombre de Santa Comba con el que pasé gran parte de los días siguientes pero de eso ya hablaré después. Lo primero que me choca es la manía de conducir por la izquierda. Te acabas acostumbrando a verlos, pero es diferente cuando vas en un autobús. Y es que en las rotondas los primeros días decía “¡Este tío nos quiere matar!”. Sin embargo, no conducen mal estos irlandeses o por lo menos lo disimulan muy bien. Es raro escuchar bocinazos o frenazos y dejan incorporar a su carril a todo vehículo que lo necesite. Otra cosa que me sorprendió fue lo más o menos bien que entendía a Jonh cuando me hablaba. Obviamente, había palabras que se me escapaban, pero lograba entender la idea de lo que me quería decir.

Yo fui el primero en llegar a mi destino, una pequeña casa en la zona residencial de Crumlin Road, a las afueras de Dublín. Salieron a recibirme los Evelin y John Ellis, un matrimonio mayor. Vivía con ellos su nieto, Joey. Había ya 3 “Jo” en la casa por lo tanto. Lo primero que hicieron fue enseñarme mi cuarto, el cual compartiría con un chico coreano que vendría el viernes. Es un cuarto pequeño pero muy acogedor, igual que toda la casa; en la zona residencial todas las casas son muy parecidas. Cené con ellos una especie de “guiso irlandés” llamado Irish Stew, hablamos sobre el viaje y después la señora Ellis me llevó a dar una vuelta por la ciudad para enseñarme dónde estaba mi escuela y las paradas del autobús. De nuevo ojos abiertos como platos. Evelin hablaba y me contaba cosas, muchas cosas. Yo intentaba hacerle caso pero mis ojos no paraban de mirar a todos los lados. Muchas catedrales, mucha gente, muchos parques y muchos edificios interesantes. Al llegar a casa, deshacer la maleta, una ducha y a meterme en la cama más calentita que había probado nunca.

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