martes, 22 de septiembre de 2009

Diario de Irlanda. Capítulo 2: Descubriendo Dublín.

Cuesta levantarse a las 6:45, pero es el primer día y hay que llegar puntuales. Almuerzo un café con dos tostadas (los irlandeses usan mantequilla para todo) y un vaso de zumo de naranja. La señora Ellis me da un estuche donde tengo mi lunch: un sándwich, una pieza de fruta y biscuits. Salgo todo dispuesto a coger el autobús y oigo una voz. La señora Ellis me dice que la parada está por otro camino.

No me es complicado encontrar la escuela. Está en Grafton Street, una de las calles más transitadas de la ciudad, al lado de un McDonald's. La recepcionista se llama Daura, tiene acento español y es de Barcelona. Me entrega un test que debo cubrir en la cantina del piso superior. Allí encuentro a Gervasio. Cuando acabo el test me dirijo al despacho de un tío que debe tener un cargo importante en la escuela. Me dice que tengo un buen nivel en inglés (¿?) así que me va a poner en Advance. Bueno, vamos a probar.

En la clase hay mucho italiano y conecto con ellos muy rápido. Es una lástima que sólo me acuerde del nombre de unos pocos (Davidó, María, Alessia,…) porque eran muy buena gente y muy extrovertidos. Es desde luego una clase “avanzada”: el profe habla muy rápido y casi no cojo lo que quiere decir. Me doy rápidamente cuenta de su mueca, la mandíbula torcida a la izquierda. En los dos descansos voy conociendo a los compañeros y conozco algo muy característico de Irlanda: la lluvia.

Al salir quedo con Gervasio. Vamos a dar una vuelta por el centro y comer lo que tenemos. Está lloviendo, por lo que el viaje se hace un poco pesado. Una advertencia: los paraguas en Irlanda son una basura. ¡Me compro uno y a última hora de la tarde ya está roto! A pesar de la lluvia, Dublín es una ciudad preciosa. Todo muy limpio (todas la papeleras tienen su cenicero), muy ordenado, y la gente es tremendamente amable. Me harto de escuchar “Sorry” por la calle, a pesar de que muchas veces soy yo el que choca con la gente, y te ayudan en todo. Por ejemplo, una vez Gervasio le preguntó a un hombre dónde estaba la estación de autobuses y ese mismo hombre le dio un mapa y le indicó dónde estaba, u otra vez le preguntamos a un chico dónde había un supermercado Spar y el nos empezó a decir qué tipos de supermercados había por Dublín, cuáles eran los más baratos (nos recomendó sobretodo los Dunnes Stores), etc. Por cierto, aquí Spar es como Gadis en España, los hay por todos los sitios y he llegado a ver uno con cafetería incorporada.

No paramos de dar vueltas. Pasamos el río Liffey y llegamos a otra de las calles más transitadas de Dublín, la O’Connell Street. Es muy fácil de ver ya que en su centro se levanta The Spire, una enorme torre de metal. Es una calle muy espaciosa (de hecho, una de las más anchas de toda Europa) y siempre hay gente recorriéndola. Muy cerca de allí está la Moore Street. En ella hay muchos puestos de venta de flores, fruta, etc. Por esta zona hay también muchas tiendas de ropa. La ropa en Dublín no es más cara que en España pero lo que sí es bastante caro es la comida. Aquí se desayuna fuerte, se come un bocadillo a mediodía y se cena en abundancia. Si para nosotros el aceite de oliva no puede faltar en la mesa, para ellos lo que no puede faltar es la mantequilla. ¡Se la echan a todo y en cantidades nada despreciables! El pan con el que Evelyn me hace el sándwich contiene mantequilla pero aún así ella lo unta con más. No hay tampoco fruta en abundancia como en España. Lo más común son los plátanos, las manzanas y las naranjas. A los italianos de mi escuela, por ejemplo, no les gusta nada la fruta que comen en Irlanda. A mí me sabe diferente.

Y andando sin parar toda la tarde ya me es hora de volver a casa. Se inicia entonces una de esas experiencias que nunca olvidas: me pierdo. Como he dicho, la zona residencial es toda muy parecida. Me equivoqué de parada y no sabía dónde estaba. Me teníais que ver preguntándole a todo el mundo dónde estaba Mountdown Park. Al final llegué a casa, nos reímos un poco, cenamos y nos pusimos a hablar en el salón. Al matrimonio Ellis, al igual que a todos los dublineses, le gusta hablar con la gente y conocer cosas. Además, es una fantástica manera de mejorar el inglés y afinar el oído. Espero no perderme mañana.

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